Cuando uno planifica un viaje a la
Patagonia andina se proyecta inmediatamente al paisaje elegido, imagina cómo se verán las montañas, si el color turquesa de los lagos será real, qué ropa llevar, predice el sabor de la comida típica, el aroma de los pinos, en fin, tantos otros detalles que hacen al estar ahi mismo, en el lugar esperado: en el soñado.
Sin embargo, para concretar el viaje es necesario trasladarse y es en ese punto en el cual van a tomar relevancia los caminos, las rutas, los senderos. Cualquiera sea el trayecto elegido, de asfalto o de ripio, ese nos acercará y comunicará con el destino anhelado.
Las rutas se pueden recorren en auto, ómnibus, caballo y, claro, haciendo dedo, sin olvidar que con buen entrenamiento y esmero cotidiano también una modesta bicicleta equipada con un par de alforjas cumple el mismo propósito.
Al pie de una montaña o cerro, a la par de los senderos ¨oficiales¨, uno puede desplegar sus ganas de aventura a través de otras vías. Siendo precavidos y con los sentidos bien dispuestos, una caminata ¨al voleo¨ se puede transformar en una auténtica e inolvidable peregrinación que embargará por siempre nuestros recuerdos.
Nunca se debe olvidar que las ciudades y pueblos tienen sus calles tan singulares y atractivas como lo son los paisajes. Hay que saber aprovechar y caminar el otro lado de ellas (el no promocionado para el turismo), deambular abriéndose paso entre la urbanidad en bûsqueda de lo oculto. Y es que mantener viva la curiosidad es una cualidad que un buen viajero intrépido nunca pierde.
Habrá que caminar más de la cuenta, si el cansancio aparece, una siesta, un descanso sobre el follaje y luego a continuar con la exploración. El hombre también vive (se nutre) del asombro que la Naturaleza ofrece a través de su variopinto: aromas, colores, formas, sensaciones, dimensiones que exceden lo real.
¡ Y si hay
tierra o
viento o
lluvia o todo eso junto ! ¡
Es mucho mejor !
Y si te perdés...
... todo camino de ida...
... es uno de vuelta.